Matad a las vacas, a los cerdos, a las gallinas: todo Vietnam revisitado (I)

Matad a las vacas, a los cerdos, a las gallinas: todo Vietnam revisitado (I)

Ha habido otras. Hay otras, demasiadas. A buen seguro habrá más. Pero ninguna será ya como Vietnam. El jodido Vietnam. La Puta Guerra con mayúsculas. Fue de alguna manera la primera y la última porque ya nada ha vuelto a ser igual desde el momento en el que un grupo de marines norteamericanos arriaban la bandera de las barras y estrellas de la azotea de la embajada de EE. UU. en Saigón. La capital de Vietnam del Sur cayó el 29 de abril de 1975. La historia dirá que fue el día 30, cuando los primeros tanques del Vietcong (Frente de Liberación Nacional, la guerrilla survietnamita que apoyaba al Ejército de la República Democrática de Vietnam o Vietnam del Norte, NVA en inglés) enfilan por las calles de la ciudad. Pero lo cierto es que el destino de la capital del sur y de la contienda está ya sellado desde febrero del 68, cuando da comienzo la ofensiva del Tet. Pero entonces aún quedaba lo peor.

El día 29 de abril de 1975, poco antes de las 11 de la mañana, un locutor de la radio de las fuerzas armadas pulsa play y en los transistores de toda la ciudad comienzan a sonar los acordes del White Christmas de Irving Berlin en versión de Bing Crosby, precedida del boletín meteorológico: “105 grados Fahrenheit y la temperatura en alza”. La última llamada, ya saben qué hacer, corran, los que puedan, a los puntos de extracción. Fueron esas, más o menos, las palabras que los enlaces militares habían dicho a la prensa y demás occidentales en las reuniones previas a la estampida.

Desde días antes se viene desarrollando una evacuación de diplomáticos y personal de apoyo estadounidense, ciudadanos extranjeros y refugiados vietnamitas hacia las bases estadounidenses en Filipinas y Guam antes de que las tropas del diablo rojo se apropien de la ciudad. Unas 50.000 personas salen de Saigón a pie siguiendo la carretera a Vung Thao, en la costa. Ya entonces comenzó el caos. El día 26, con la artillería enemiga en posición y asediando la capital, se estrella un avión de transporte mientras realiza la maniobra de despegue. Mueren 234 niños. Ese mismo día dejan de salir los aviones desde el aeropuerto militar de Tan Son Nhut.

Pero volvamos al día 29. Suena White Christmas y da comienzo oficialmente la Operación Babylift. A las cuatro de la madrugada habían empezado a oírse los primeros combates en la periferia. Cunde el pánico. El Vietcong avanza en una maniobra de pinza desde el norte, hacia el aeropuerto Tan Son Nhut; y desde el oeste, hacia la embajada de EE. UU. 140.000 hombres frente a poco más de 60.000 de lo que queda del Ejército de Vietnam del Sur (República de Vietnam, VRA o Arvn como lo llamaban los americanos), buena parte de los cuales deserta. Sobre el papel, la operación de evacuación debería ser rápida y hasta sencilla. Autobuses militares están preparados para transportar al personal civil desde diferentes puntos de la ciudad en dirección al aeropuerto. Van en grupos de 40 o 50 personas. Allí los recogerán los helicópteros. Les esperan ocho destructores, dos portaaviones, 12 buques de transporte y tres buques anfibios. Están ahí desde el día 18, aguardando.

Miles de vietnamitas se reúnen ante las verjas de la Embajada de EE. UU. Blanden sus papeles, incluso dinero. Muy pocos consiguen pasar. Hay quien trata de escalar los muros. Algunos soldados, casi tan aterrorizados como ellos, abren fuego para contener a la masa. Hay muertos. 81 helicópteros efectúan la operación Frecuent Wing, un puente aéreo entre el tejado de la embajada, lo que queda del aeropuerto, y los buques cuyas cubiertas han sido limpiadas. Incluso se arrojan al mar las aeronaves inservibles. Se necesita espacio. 40 minutos en el aire y 15 en tierra, lo justo para una carga rápida y rezando para que no te alcance la artillería enemiga.

En las 19 horas que dura Babylift, unos 1000 estadounidenses y 6000 survietnamitas consiguen llegar a los barcos que la VII flota de la Marina norteamericana tiene apostados a 12 millas de Vung Tao, a las puertas del delta del Mekong.

Apenas ha amanecido todavía el día 30 cuando sobre la cubierta del buque insignia de la VII flota estadounidense, el Blue Ridge, aterriza un último helicóptero americano. De él desciende el embajador Graham Martin. En sus brazos porta encartada según el ceremonial, la bandera de EE. UU. que horas antes ha sido retirada del tejado de la embajada. El suyo es el rostro de la humillación. La suya y la de la nación más poderosa que el mundo ha conocido. También es el rostro del dolor. Su hijo ha sido uno de los 56.000 soldados norteamericanos que perdieron la vida en esa puta guerra que, ahora, por fin sí ha terminado.

A las 10:00 horas del día 30 terminan los últimos conatos de resistencia y los tanques del Vietcong entran en el patio del Palacio Presidencial de Saigón. La ciudad ha caído. EE. UU. abandona a su suerte a quien dijo que nunca iba a dejar de apoyar. En realidad ya lo había hecho antes, tras la firma de los Acuerdos de París en 1973 de los que ahora se cumplen 40 años y por los que la Administración Nixon daba por finalizada su participación en el conflicto. Hacía ya dos años que Marvin Gaye se preguntaba What’s Going On? y que Freda Payne pedía que trajeran a los chicos a casa. Demasiados ataúdes. Por delante solo quedaba ya la dura tarea de a recoger los restos del desastre.

Tras la toma de Saigón, se forzó la rendición incondicional de las tropas survietnamitas. El general Duong Van Minh, presidente del Sur desde hace solo tres días tras la renuncia de Tran Van Huong, aparece en la radio para emitir un comunicado en el que declara disuelto el Gobierno de Saigón. Después se dispone a esperar a los vencedores. El coronel Bui Tin, del servicio de prensa norvietnamita entra en el salón presidencial. Minh se levanta:

—Le entrego el poder ―se dirige al soldado comunista.

—Aquí no hay transferencia de poder. Su poder no existe. No puede entregarme algo que usted no posee —responde Bui Tin.

15 minutos después del mediodía, la bandera estrellada del Vietcong es izada en el Palacio Presidencial. Pese a los temores que apuntaban a un derramamiento de sangre, este no se produce como se temía. Pero sigue siendo una guerra. En poco más de 19 horas se producen unos 2000 muertos, incluidos cuatro soldados americanos. El día 1 de mayo Saigón es rebautizada como Ciudad Ho Chi Ming, en honor al legendario líder revolucionario comunista del norte, muerto en 1969. Un año después, el 2 de julio de 1976, se declara oficialmente la unificación del país bajo el nombre de República Socialista de Vietnam. Llegar hasta ahí solo ha costado 29 años de guerra.

Billy Joel, que perdió a un hermano en la batalla de Khe Shan, todavía comenzaría sus conciertos en 1983 con Good Night Saigon. Cerraba su propia herida y la de muchos de sus compatriotas.

La balcanización antes de los Balcanes

Lo que hoy conocemos como guerra de Vietnam no fue otra cosa que una suma de conflictos que se desarrollaron de forma seguida. En primer lugar una guerra de liberación colonial, la antigua Indochina quiere su independencia de la metrópoli Francia. El problema es el momento, en pleno apogeo de la guerra fría. Los franceses, una de las grandes potencias coloniales del siglo XX ―junto a ingleses, soviéticos y estadounidenses―, hastiados de pelear una guerra que no pueden ganar (lean El americano impasible, de Graham Green) acaban por venderle el patio de juegos a EE. UU., preocupado por la creciente influencia comunista en la zona. Cuando en 1954 Francia se larga firmando los Acuerdos de Ginebra, EE. UU. aportaba ya casi el 80% de los gastos militares. Se dice que el presidente Eisenhower llegó a ofrecerle a los galos dos bombas atómicas. Una solución rápida y eficaz. Dijeron que no.

El documento de Ginebra deja a la vieja Indochina dividida en Camboya, Laos y los dos Vietnam. Aun así el Tío Sam no se puede permitir el desarrollo de los acontecimientos. Vietnam es la joya de Asia por sus explotaciones de caucho, tungsteno, estaño y arroz. También por el opio, cuya calidad más tarde podrán comprobar los soldados americanos en sus propias carnes. El norte se arrima al comunismo de la mano de Ho Chi Ming mientras, en el sur, los americanos alientan un golpe de Estado por parte de militares anticomunistas encabezado por Ngo Dinh Diem, que instaura una férrea dictadura, suprime las elecciones y el referéndum previsto en Ginebra para una posible reunificación del país.

EE. UU. se propone evitar, a cualquier coste, el nacimiento de otro estado rojo. La URSS, China, Corea del Norte, diferentes entre sí pero todos enemigos del modo de vida americano y todos aportando hombres y armamento a Vietnam del Norte. Incluso Cuba, que envía soporte médico al igual que la España de Franco enviará dos equipos sanitarios de hasta 30 personas en apoyo de los norteamericanos. Estuvieron en la provincia de Go Cong, en pleno delta del Mekong. Tras la marcha francesa, EE. UU. ya tiene su propia guerra, la confrontación más larga en la que se ha visto envuelto. Le costará dos décadas salir y otra más reponerse.

En 1979, cuando Francis Ford Coppola presenta en Cannes Apocalypse Now dice que la suya no es una película sobre Vietnam, sino el mismo Vietnam. Puede ser, pero aquella primera versión quedó incompleta. No fue hasta 2001 cuando Coppola estrenaría Apocalypse Now Redux, el montaje final de la cinta en la que se añade toda una nueva trama que transcurre en una plantación francesa y que había sido descartada en la versión comercial de 1979. Coppola completa así una obra que va de lo onírico a lo fantasmagórico al ofrecer al público en general, y estadounidense en particular, un contexto histórico que la mayor parte desconoce: el origen.

En 1960 se crea el Frente Nacional de Liberación de Vietnam, el Vietcong. Nace como un movimiento de resistencia frente al régimen de Diem. También busca la reunificación del país. Engrosan sus filas veteranos de la guerra de Indochina y cada vez más campesinos pobres hartos de la tiranía de Diem. Su táctica es la misma que les sirvió para derrotar a Francia. Una guerra de guerrillas en un territorio inhóspito. Tiempo es lo único que tienen.

Diem era un sátrapa y peor, un católico en un país de mayoría budista. Los monjes comienzan a enarbolar su resistencia pacífica quemándose a lo bonzo ante los ojos del mundo. Descontento con el discurrir de los acontecimientos, con John Fitzgerald Kennedy en la Casa Blanca, EE. UU. elimina a Diem, que muere asesinado en un golpe orquestado por la CIA. En su lugar, colocan a Nguyen Van Thieu, un títere más fácil de manejar. En el país hay ya 60.000 estadounidenses. Les llaman asesores militares. Pero la cosa no mejora.

El 22 de noviembre de 1963, mientras JFK realizaba una visita a Dallas, un desconocido llamado Lee Harvey Oswald dispara contra él. El presidente muere media hora después a causa de los impactos de bala. También Lee Harvey Oswald. Jack Ruby, un gánster de poca monta, llega a la ciudad, se abre paso entre periodistas y agentes de policía y dispara con un Colt Cobra a Oswald en el estómago cuando estaba siendo trasladado. Mientras estuvo vivo, Oswald siempre mantuvo que era un cabeza de turco, lo que los americanos llaman un patsy.

Lyndon B. Johnson es ahora presidente. La noche del 2 agosto de 1964, el destructor estadounidense USS Maddox navega por aguas del golfo de Tonkin. Tres lanchas norvietnamitas habrían abierto fuego, una de ellas es destruida por el buque de EE. UU. Muchos años después el presidente Clinton desclasifica documentos secretos de la época que demuestran que tal ataque nunca tuvo lugar. Un detalle sin importancia en 1964, con el mundo entero a punto de explotar a causa de la guerra fría. Johnson solicita al Congreso que apruebe la llamada Resolución del Golfo de Tonkín. Los “asesores militares” presentes en Vietnam reciben luz verde para realizar operaciones fuera de sus bases. En plena campaña electoral, Johnson debe mostrar una imagen de fuerza ante el comunismo. Incluso su rival, Barry Goldwater apoya la petición. En marzo desembarcan en Da Nang 3500 marines. El 2 de noviembre LBJ es reelegido presidente con un apoyo de cerca del 60%. Los medios de comunicación apoyan fervorosamente la guerra. El país entero lo hace.

Las únicas protestas comienzan a verse en los campus universitarios, no tanto contra la guerra en sí (en un principio) como contra el arbitrario sistema de reclutamiento de soldados. En la Universidad de Michigan, Ken State y Berkeley. A finales de mayo de 1964, cuando la mayoría de los americanos apoya la guerra, aparece en el New York Herald Tribune un anuncio firmado por 140 hombres en edad de ser reclutados diciendo que no lucharían en el sureste asiático si eran llamados a filas. Casi no tuvo repercusión pero enciende una mecha que ya nadie logrará apagar.

Un año antes, Bob Dylan ha cantado por primera vez The Times They Are A-Changin. En 1964, algunos pacifistas como Pete Seeger comienzan a alzar su voz contra la guerra dirigida por la Casa Blanca y el 2 de julio el Congreso promulga la que quizá sea la única contribución de LBJ a la historia de los EE. UU.: la Ley de Derechos Civiles que prohíbe la aplicación desigual de los requisitos de registro de votantes y la segregación racial en las escuelas, en el lugar de trabajo e instalaciones que sirvan al público en general. Un día después, un grupo de manifestantes liderados por el activista David Dellinger y la cantante Joan Baez se reúnen en el parque Lafayette para protestar contra Vietnam. Justo en frente de la Casa Blanca. Nadie les hace caso. Ni siquiera la policía se molesta en disolver la concentración.

Pero el sistema de reclutamiento, tan sencillo como injusto, es una herida que no deja de sangrar. Todo joven varón sano y que no estuviese matriculado en una universidad debía alistarse forzosamente. Después se ponían todos los nombres elegibles en un mismo nivel y se asignaba un número de reclutamiento basado en sus fechas de nacimiento. Por medio de un sorteo se iban eligiendo los nombres de los futuros soldados y asignándoles campo de entrenamiento. Después de la instrucción, la selva era su destino. El resultado era que los jóvenes pobres se convertían en carne de cañón de una guerra para la que nunca habían sido preparados.

Los jóvenes de familias acomodadas podían fácilmente conseguir puestos en la reserva y nunca escuchar el sonido de las explosiones. Muchos, como el expresidente de EE. UU., George W. Bush, lo hicieron. También el que sería su exvicepresidente, Dick Cheney. En 1993, en las sesiones para confirmar su cargo de secretario de Defensa ante el Senado, a Cheney le preguntaron por qué no había ido a Vietnam. “Porque tenía cosas más importantes que hacer”, contestó. Por ejemplo, ser arrestado dos veces por conducir borracho o tener a su primera hija nueve meses y dos días después de que el Congreso decidiera que aquellos hombres en edad de combatir pero con hijos no podían ser enviados al frente. Bill Clinton también se libró de Vietnam; no, en cambio, Al Gore, aunque como recién graduado de Harvard se mantuvo lejos de la batalla.

Poco a poco se multiplicaron las protestas en los centros de reclutamiento y las juntas de servicio militar, y cientos de miles de hombres trataron de evadirlo. Entre 30.000 y 50.000 hombres huyeron a Canadá, y algunos fueron encarcelados. John Benson, exdirector del Departamento de Español de Western Michigan University, fue uno de ellos; allí lo conocí y me contó su historia. Aprovechó la frontera de Michigan con el país vecino y se pasó media juventud en Colombia de donde se trajo mujer e hijos. Volvió con las diferentes amnistías impulsadas por las Administraciones de Ford y Carter. Otros desertaban una vez vestido el uniforme. Para ellos el delito era peor y algunos tuvieron cuentas con la justicia castrense hasta 2006. A estos últimos de Vietnam se les llama “casos fríos” y suelen saldarse con un expediente de expulsión no honorable y su rápida puesta en libertad si son detenidos y se descubre la mancha en su pasado. Muchos años después y ya sin el sistema de reclutamiento forzoso, las deserciones en el seno del Ejército de EE. UU. vía Canadá no han parado. Se cree que, desde el inicio de la guerra de Afganistán y su continuación en la segunda de Iraq, hasta 10.000 soldados habrían colgado el uniforme repentinamente. Las autoridades militares quitan hierro al asunto: en 2005 estas deserciones solo representaron un 0,24% de la plantilla de 1,4 millones de militares profesionales que ahora componen las Fuerzas Armadas norteamericanas.

El periodo de estancia en Vietnam era de 12 meses. A finales de 1965 ya eran más de 100.000 los efectivos destinados en Vietnam y los bombardeos de napalm sobre la población civil eran un clásico en las televisiones de EE. UU. El país seguía conmocionado con el asesinato de Kennedy cuyos ecos resuenan en la primera versión de The Sound of Silence que Simon and Garfunkel sacan al mercado. En 1967, 385.300 soldados luchan en el infierno. En abril de ese año, Muhammad Ali se declara “objetor de conciencia” con un discurso que quedaría grabado en letras de oro en la historia de la dignidad humana:

Mi conciencia no me permite ir a disparar a mi hermano, o a otra gente más oscura, pobres hambrientos que viven en el barro por la grande y poderosa América. ¿Dispararles por qué? Ellos nunca me han llamado negro, nunca me han linchado ni perseguido con perros, no me han arrebatado mi nacionalidad, violado y asesinado a mi padre y a mi madre… ¿Dispararles por qué? ¿Cómo podría disparar a esa pobre gente? Métanme en la cárcel.

El 28 de abril, el Estado de Nueva York le quita la licencia de boxeo. Después vendrán otros y el ocho de mayo, el Gran Jurado Federal de EE. UU. lo declara culpable de deserción.

En el punto álgido del conflicto, 1969, y con EE. UU. ya retrocediendo, había en Vietnam 542.000 soldados. En total, sirvieron 2.590.000, dos terceras partes voluntarios con una edad media de 19 años. Años después, el que fue secretario de Estado en la Administración Bush II, Collin Powell ―cuyo protagonismo en Vietnam relataremos más tarde―, criticaría duramente el sistema de reclutamiento calificándolo de “profundamente antidemocrático” y “poco adecuado para las necesidades de la guerra”. En aquel 1969 sería la Creedence Clearwater Revival de los hermanos Fogerty quien lo dejase claro en ese disparo a las conciencias de sus compatriotas que era Fortunate Son:

Algunas personas nacen para ondear la bandera
Oh, son rojos, blancos y azules,
Y cuando la banda toca saludo al jefe,
Te apuntan con el cañón
No soy yo, no soy yo, no soy hijo de un senador
No soy yo, no soy yo, no soy un hijo afortunado

La guerra se endurece

A principios de 1965 se pone en marcha la Operación Starlite, primera prueba de fuego para los marines estadounidenses y la que luego sería su principal arma durante todo el conflicto dejando a un lado el uso del napalm: los helicópteros UH-1H o Huey que a la postre se convertirían en el icono de esta guerra y que todavía siguen en servicio en muchos ejércitos. Estos artefactos dotaron a los norteamericanos de una gran capacidad de movilidad en un terreno selvático y montañoso. Unos 12.000 helicópteros participaron en el conflicto. La táctica consistía en el rápido despliegue de artillería helitransportada tratando de que el enemigo saliese de la selva y se dispusiera a una lucha en campo abierto, donde la potencia de fuego occidental tenía amplia ventaja. Se descartaron desde un principio los vehículos pesados tipo tanque, torpes en el terreno y blancos fáciles para las armas anticarro portátiles suministradas al Vietcong por la URSS y China. La batalla de La Drang en el centro del país fue la primera prueba: un batallón de caballería aérea (casi 1000 hombres) por parte de los estadounidenses contra casi 5000 combatientes del VNA y el Vietcong. La potencia de fuego de los primeros fue tan grande que la batalla se ganó, ocasionando terribles bajas para el bando del norte por 305 muertos en el lado norteamericano.

De la memoria colectiva no se irá jamás la escena rodada por Francis Ford Coppola con uno de esos regimientos aerotransportados destino a la batalla al son de la Cabalgata de las Valkirias de Wagner. Si a Woody Allen le entraban ganas de invadir Polonia al escuchar al compositor germano, desde entonces esta melodía es perfecta para arrasar una aldea vietnamita.

La Drang fue el principio pero los norvietnamitas y sus aliados del Vietcong aprendieron la lección y tomaron buena nota: jamás volverían a combatir en campo abierto. Mejor cuerpo a cuerpo para evitar la artillería. Esperar al enemigo y tratar de que se internase en la selva. Emboscadas y actos de sabotaje en la retaguardia. Convertir la guerra en un combate de nervios para que los soldados norteamericanos nunca pudieran bajar la guardia. Eso, a la postre, acabaría por quebrar cualquier posibilidad de victoria que un día tuvieron los estadounidenses. Los norvietnamitas horadaron el país de túneles que sirvieron tanto para transportar suministros como para preparar emboscadas o como lugar de refugio. Además, escondidos en la selva, llenaron esta de trampas en las que los soldados invasores caían con facilidad. Con un número de fuerzas indeterminadas ya que al VNA había que unir los cientos de miles de personas que engrosaban las filas del Vietcong, la mayor parte civiles antes del conflicto, hacían que cualquier habitante de Vietnam fuera visto como sospechoso por parte de los estadounidenses.

De vital importancia fue la denominada Ruta Ho Chi Min. Con el país bloqueado por mar por la marina de EE. UU., Vietnam del Norte decide abrir en 1959 una ruta de abastecimiento que discurría por los territorios controlados de Laos y Camboya. En su mayor parte era una sucesión de sendas y veredas ocultas por la selva y que serían utilizadas para transportar todo tipo de provisiones y soldados. El gran manto verde hizo inútiles toda clase de intentos por parte de los estadounidenses de neutralizarla. Se llegaron a instalar sensores de movimiento e incluso detectores de sudor pero la presencia del follaje o los animales hacían fracasar cualquier acción.

Fue precisamente la selva el gran enemigo al que tendría que enfrentarse el Ejército de EE. UU. una vez comprobada la decisión del Norte de rehuir el combate en terreno abierto. Desde 1964 y durante los siguientes cuatro años la aviación estadounidense realizó más de 300.000 salidas. Los aviones arrojaron 500 kilos de explosivo por minuto en un intento desesperado de combatir a un enemigo que tras el fiasco de La Drang pretendió volverse invisible. Solo en 1972 los Panthom II F-4, A-6 Intruder o los F-100 y F-105 americanos arrojaron 150.000 toneladas ―40.000 solo en dos días sobre Hanoi y Haipong― de bombas en unas 41.000 salidas. Murieron más de 100.000 norvietnamitas. Desde el 64 y hasta el final del conflicto, hasta 14 millones de toneladas de bombas llegó a lanzar EE. UU. sobre Vietnam del Norte, 10 veces más que las lanzadas durante la Segunda Guerra Mundial sobre toda Europa.

Después estaba el napalm, que es un combustible gelatinoso de combustión duradera que había sido utilizado durante la Segunda Guerra Mundial en el bombardeo de Dresde. En Vietnam se hizo famoso. Junto a los helicópteros se convirtió en el arma más importante de los americanos. Un palo que meter por el hueco de la madriguera con la intención de hacer salir al conejo. Los soldados, que caían como moscas en sus internadas en la selva lo entendían. Muchos llevaban escritos en sus cascos frases de agradecimiento: “Dios bendiga a la Dupont Chemical Corporation y al napalm”.

La prensa comienza a romper el velo

La guerra ya se había convertido en una carnicería. Ambos bandos rivalizaban en atrocidades. Es la guerra, qué coño. Todo el mundo tenía ya claro que en Vietnam se trataba de matar o morir. Sin embargo, en casa no todos pensaban así. Algo comienza a moverse pese a que la balcanización de Vietnam se desarrolla todavía bajo un velo informativo. Durante los primeros años de presencia estadounidense, la cosa discurría a gran velocidad y pocos le prestaban atención. Los primeros corresponsales, David Halberstam, Neil Sheehan y el free lance Stanley Karnow disponían de mucha información para ellos solos. Halberstam enviaba regularmente despachos a The New York Times y en ellos ya hablaba sin tapujos de la inutilidad de la guerra, lo que le reportó no pocas críticas y el apelativo de “bomba política con temporizador” por parte de columnistas como Frank Connif, del grupo Hearst, para quien Halberstam estaba minando el progreso inexorable de la democracia civilizada. En la redacción de Esquire, la revista más rompedora del momento, su editor jefe Harold Hayes todavía pensaba que Vietnam era una escaramuza que se resolvería pronto. No opinaba así John Sack, jefe de la delegación de CBS en Madrid que, aburrido, veía en Vietnam la posibilidad de recuperar los chutes de adrenalina de sus años de corresponsal cubriendo el conflicto de Corea. En 1965 vuelve a Nueva York y escribe a Hayes una carta en la que le pide apoyo para ir a Vietnam y contar la guerra pues, en su opinión, los medios no saben realmente lo que está pasando allí, mientras que los soldados que estaban enviando no tienen “ni la más remota idea de dónde está Vietnam o por qué van allí”.

El plan que Sack le hizo llegar a Hayes era sencillo: unirse a una compañía del Ejército desde el campo de entrenamiento, viajar con ellos a Vietnam y de allí a la zona de combates. El presupuesto eran unos 5000 dólares y Esquire escribiría la carta de presentación para el Pentágono que le permitiría obtener la acreditación de prensa. Sack acabó en el campo de Fort Dix, Nueva Jersey y sus chicos eran los soldados que componían la Compañía M. Sack se pasó meses con ellos, entrevistándolos, conociéndolos, puesto que quería convertirlos en protagonistas reales de su historia y pensaba que antes debería darlos a conocer a sus hipotéticos lectores. Se dio cuenta de que los reclutas eran jóvenes inconscientes, cada uno con sus propias particularidades sociales, culturales y económicas y que desconocían por completo lo que les esperaba. Nadie siquiera hablaba de Vietnam, el reportero buscaba sus reacciones y el silencio era la respuesta. Sack comprendió que aquello era su crónica.

En 1965, viajó con 105 miembros de la Compañía M a Saigón y la primera misión consistió en atravesar las líneas enemigas hasta una plantación de caucho de la compañía Michelin. Una tarea rutinaria que seguía a pies juntillas la táctica del Ejército desde que el Vietcong había aprendido la lección de La Drang: “matar, herir o capturar al enemigo negligente o conducirlo al río occidental como si fuera un rebaño de lemmings distraídos”.

A medida que la compañía se adentraba en la selva, Sack observó cómo los soldados prendían fuego a cultivos y destrozaban aldeas en las que no había ningún vietcong al tiempo que, con el ruido de las balas de AK-47 de fondo brotando de algún lugar de la selva, el ánimo de aquellos se enervaba, convirtiéndolos en seres irracionales. La orden original del coronel al mando de la compañía era destruir solo al enemigo pero en mitad de la situación, con el VC invisible y al acecho, las palabras originales llegaron a oídos de los sargentos en términos semejantes a: “Matad a todos. Destruidlo todo. Matad a las vacas, a los cerdos, a las gallinas: todo”.

Y así fue como la Compañía M se cobró su primera víctima. En mitad de una aldea, un sargento ordenó tirar una granada a un supuesto búnker en el interior de una choza con un agujero. El soldado la lanzó y al momento, del interior de la choza comenzaron a salir atropelladamente “diez o 12 mujeres y niños en sus pijamas”. Hubo una explosión. No había sangre ni nada, así que el sargento se subió al vehículo y siguió su camino. Desde atrás, un segundo vehículo condujo hasta la choza y un soldado negro asomó la cabeza al interior para gritar: “¡Dios mío, le han dado a una niña!”, mientras sacaba del interior el cadáver de una pequeña de unos siete años.

Sack lo presenció todo. Para alguien que había estado a favor de la firmeza de EE. UU. en Vietnam, el conflicto se tornó entonces en una sucesión de actos de salvajismo civil. Aun así pensó que aquello era una excepción. Cuando se reunió con el coronel al mando, Sam Walker, le comentó lo sucedido expresándole sus reticencias, “ya sé que no es típico”, dijo, pero dejando claro que su obligación era “contar lo sucedido”. Lo que ocurrió después dejó helado a Sack. Tras un breve silencio, Walker respondió al periodista: “es típico”.

Luego se sabría que las autoridades militares habían diseñado una regla no escrita para Vietnam: la MGR (en sus siglas en inglés), o la Regla Mere Gook (simple amarillo). La idea era inculcar a los soldados que los vietnamitas no eran personas. Eran subhumanos. Simples amarillos que podrían ser objeto de abuso e incluso asesinados a voluntad. Tan pronto como los soldados llegaban a las bases se les decía que nunca se llamase al enemigo vietnamita. Sí “amarillos” (gook), “chinorros” (dinks) “desviados” (slants)… Cualquier cosa para arrebatarles su humanidad. Cualquier cosa para convertirlos en un objetivo más fácil de matar.

Sack volvió al hotel Continental, centro de la prensa en Saigón, y escribió una crónica de 27.000 palabras que después modificaría siguiendo el estilo de un por entonces desconocido Michael Herr, de quien había leído con asombro un artículo sobre Fort Dix en la revista de vacaciones Holliday. La crónica de Sack ocuparía todo el número de octubre de Esquire con el título de “‘Dios mío le hemos dado a una niña’. La verdadera historia de la compañía M, desde Fort Dix a Vietnam”. En febrero del año siguiente, Sack completaría su reportaje y New American Library lo publicaría en formato de libro. M, que así se llamó el volumen, sería el primero sobre Vietnam y algunos lo consideran la antesala del periodismo bélico bajo el paraguas del llamado Nuevo Periodismo. El círculo lo cerraría, años después, Michael Herr.

La carnicería ya no se podía ocultar y televisiones, radios y periódicos de todo el mundo estaban ya en Vietnam cubriendo un conflicto que para la mayoría de los corresponsales destacados en Saigón era solo el rumor del que todos hablaban pero aún nadie había visto. Saigón era un circo internacional donde se mezclaban periodistas, políticos, agregados militares, espías, diplomáticos, soldados de permiso, putas, yonquis, y, sobre todo, agentes del Vietcong. La misma prostituta con la que se acostaban los soldados podía rebanarte la garganta mientras dormías. Y por supuesto Saigón era un gran negocio para los cazadores de fortuna y traficantes. Una habitación en el Continental costaba una fortuna: 3000 dólares semanales. Pocos se aventuraban al frente a pesar de que las facilidades para la prensa eran absolutas por parte del Ejército de EE. UU. Quizá el primer y gran error de EE. UU. en aquella guerra, porque los más avezados sí lo hicieron y lo contaron.

La crónica de Sack supuso la gran ruptura frente al venerado periodismo bélico practicado en la Segunda Guerra Mundial, en que los soldados eran “nuestros heroicos muchachos realizando hazañas en pro de la libertad y la democracia”. Para Sack y para muchos otros, los soldados no eran superhéroes, sino simples reclutas con mala suerte, obligados a luchar en una guerra que ni entendían ni podrían ganar nunca. Herr demostraría más tarde que, además, estaban desquiciados.

Banda sonora para acompañar: Vietnam revisitado

*Incluye canciones que hablan directamente o están relacionadas de alguna forma con Vietnam. Falta, entre otras muchas, A Foggy Day In Vietnam (

), de John Paul Jones, bajista de Led Zeppelin. La lista está basada en la realizada por Phil Nel para The Vietnam War in American Stories, Songs, and Poems, H. Bruce Franklin (ed.) Bedford-St. Martin’s, 1996. (pp. 201-218)

http://www.jotdown.es/2013/05/matad-a-las-vacas-a-los-cerdos-a-las-gallinas-todo-vietnam-revisitado-i/

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